Pocas
cosas hay más gratificantes que leer un gran libro. Pero grande de los
de verdad, magníficamente escrito, con una precisión de cartógrafo en
cada curva del relato, la “carpintería” de la que hablaba García Márquez
en la construcción de cada frase, la
elegancia de quien maneja la riqueza del idioma español a la perfección,
el arte de un orfebre que no escatima brillos, pero cuida muy bien la
presencia de las sombras, y la sabiduría serena de quien ha planificado
cada paso con cuidado y sabe dejarse llevar por la pasión de escribir en
el momento exacto. Ya quedan pocos escritores así. De los que saben qué
poner y qué quitar, ni una coma que falte, ni una palabra que sobre.
Sin vanidades, pero con maestría. Dejando en el lector una huella
profunda en cada suspiro.
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lunes, 1 de septiembre de 2014
viernes, 11 de febrero de 2011
El libro que nadie puede leer
Que amo los libros no es ningún secreto.
Que los hay de todo, y para todos los gustos, tampoco.
Lo que sí hay de secreto, es quién, cuándo, en qué idioma, y con qué objetivo escribió este libro del que trata el artículo de BBC Mundo que comparto hoy.
Y por supuesto, es un secreto (aún) lo que dice.
Quién sabe si no es algún concienzudo estudio de botánica y de la raza humana escrito por algún visitante de otros mundos que, un poco distraído, lo olvidó en el camino, como quien se deja la novela de las vacaciones en el cajón de la mesita de noche del hotel...
El manuscrito Voynich es considerado el libro más misterioso del mundo.
Investigadores de la Universidad de Arizona (UA) en Estados Unidos lograron resolver uno de las interrogantes del manuscrito Voynich, considerado el libro más misterioso del mundo, cuyo autor y contenido son desconocidos.
A través de la técnica de radio carbono, un equipo del departamento de física de la UA encabezado por Greg Hodgins, determinó que los pergaminos del manuscrito datan de comienzos del siglo XV, cien años antes de lo que los expertos habían estimado.
El Voynich es un fascinante libro repleto de dibujos y escritos que nadie ha podido descifrar hasta ahora. El misterio que rodea su origen y contenido hace ver a "El código de Da Vinci" como algo ordinario.
Aún investigan su contenido
El manuscrito fue descubierto en 1912 en la Villa Mondragone, cerca de Roma, Italia, por el comerciante de libros antiguos Wilfrid Voynich, cuando estaba seleccionando de un baúl unos libros que habían sido puestos a la venta por los jesuitas.
A primera vista parecía como una obra en pergamino, con texto escrito e ilustraciones no muy distintos de los incunables en un anticuario.
Sin embargo, tras una mirada más detallada, el tomo reveló ser como nada antes visto.
Extraños caracteres
Los estudios sugieren que el manuscrito data de comienzos del siglo XV.
El manuscrito Voynich está escrito con caracteres extraños -algunos parecidos al latín y otros de un lenguaje desconocido-, aparentemente ordenados en palabras y oraciones, con la excepción que no se parecen a nada escrito o leído por seres humanos.
En varias páginas el texto se entrelaza con complejos dibujos de plantas, diagramas astronómicos y figuras humanas, algunas bañándose en lo que podría ser una fuente de la juventud.
Voynich se dedicó el resto de su vida a revelar los misterios del origen del libro y a descifrar su significado. Murió 18 años más tarde, sin haber podido arrancarle siquiera uno de sus secretos.
Voynich se dedicó el resto de su vida a revelar los misterios del origen del libro y a descifrar su significado. Murió 18 años más tarde, sin haber podido arrancarle siquiera uno de sus secretos.
El libro pasó a ser propiedad de la Biblioteca Beinecke de Libros y Manuscritos Raros de la Universidad de Yale, en Estados Unidos.
Carbono-14
En 2009, Greg Hodgins viajó a las bóvedas de la biblioteca para tomar muestras de los pergaminos que pudieran servir para datar el documento mediante el método de radio carbono.
Todos los seres vivientes, plantas y animales, tienen en sus tejidos diminutas cantidades de un isótopo de carbono conocido como carbono-14. Una vez la planta o animal muere, el contenido de carbono-14 va disminuyéndose a un ritmo predecible, de manera que puede utilizarse para calcular en tiempo que ha pasado desde la muerte del ser.
Lo que es cierto para plantas y animales también resulta ser cierto para los productos provenientes de estos. Como los pergaminos del manuscrito Voynich fueron hechos de piel animal, también pueden datarse vía el carbono-14.
Hogdins cortó delicadamente con un escalpelo muestras de cuatro páginas que medían 1 x 6 milímetros para llevarlas de regreso a los laboratorios en Arizona.
Tenía que asegurarse de que las muestras no fueran de los márgenes donde se acumula la grasa de los dedos al pasar las páginas, ni que estuvieran cerca del lomo del libro donde pueden estar contaminadas por el pegante.
"Los métodos modernos para datar materiales son tan sensibles que los rastros de la contaminación moderna pueden dañarlo todo", explicó el investigador.
Tintas y pinturas
Después de un complejo proceso de preparación y análisis que involucró arqueólogos, bioquímicos, químicos, físicos, ingenieros y estadísticos, el equipo pudo determinar que el manuscrito era 100 años más viejo de lo estimado anteriormente, cambiando algunas hipótesis que existían sobre su origen e historia.
En otros laboratorios se analizaron las tintas y las pinturas que se utilizaron para escribir el texto y dibujar las imágenes.
El libro pertenece a la Biblioteca Beinecke de Libros y Manuscritos Raros de la Universidad de Yale.
Aunque éstas no pueden ser sometidas a pruebas de carbono-14 para establecer su edad, sí son consistentes con los pigmentos que se utilizaban durante el Renacimiento.
Aunque Greg Hodgins resalta que su conocimiento se limita a datar el libro, reconoce que está tan fascinado como el resto de los expertos que han tratado de resolver su misterio.
"El texto tiene características muy extrañas, como el uso repetido de una palabra el cambio de un carácter por otro en una secuencia. Estas extrañezas lo hacen muy difícil de entender", señala.
Hodgins dice que el secreto está asociado con la alquimia, de manera que sería consistente con esa tradición si el contenido del libro estuviera en código.
En cuanto a los dibujos e imágenes, es imposible decir si son botánicas, organismos marinos o astrólógicos.
"Encuentro que este manuscrito es una ventana fascinante hacia una mente muy interesante. Es un gran rompecabezas que nadie ha podido armar y, ¿quién no ama un rompecabezas?, concluyó.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Discurso de Vargas Llosa al recibir el Nobel
Elogio de la lectura y la ficción
(MARIO VARGAS LLOSA, Estocolmo, 06/12/2010)
Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
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| El maestro, en su discurso frente a la Academia Sueca |
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
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| Los escritores Pablo Neruda (Premio Nobel 1971) y un joven Mario Vargas Llosa |
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
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| Mario Vargas Llosa, junto a Dora, su madre, en una fotografía tomada en su ciudad natal Arequipa |
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: 'Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".
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| Mario Vargas Llosa posa junto a su esposa, Patricia Llosa, en una fotografía perteneciente a su colección familiar |
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
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| El escritor junto a la actriz Aitana Sánchez Gijón, durante la interpretación de Odiseo y Penélope, que se representó en la 52 edición del teatro romano de Mérida en 2006 |
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
jueves, 4 de noviembre de 2010
MÁS SOBRE PALABRAS...
Sigo compartiendo con ustedes artículos sobre nuestro bellísimo e infinitamente rico idioma. Hoy leí éste, que me gustó mucho, también en un blog español, esta vez un sitio satélite del diario ABC. Lo disfruté mucho, y espero que ustedes también.
LAS RAREZAS MÁS LLAMATIVAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA
Una recopilación de las expresiones y términos más singulares de nuestro idioma
Ahora que la RAE está preparando una nueva web para ofrecer a los usuarios todos los diccionarios y recursos de la Academia, en la bitacora literaria "Papel en blanco" se han encargado de rescatar algunas de las rarezas más singulares de nuestro idioma, que también compartimos hoy en nuestro resumen bloguero.
Comencemos por los records. Aunque la palabra más larga que recoge nuestro diccionario es electroencefalografista, existen otras palabras aún mayores como "Ciclopentanoperhidrofenantreno" (esterano para los amigos), electroencefalográficamente o contrarrevolucionariamente. También podemos buscar el más difícil todavía con palabras largas que no repitan letras, como Calumbrientos (13), Centrifugados (13) o Vislumbrándote (14).
Si englobamos dentro de las tildes a las virgulillas del acento y de la eñe, los puntos de la “i” o de la jota y la crema o diéresis de la “u”, entonces tenemos que la palabra con más tildes es ajilimójili.
Existe el falso mito de que murciélago es la única palabra en castellano que contiene todas las vocales, pero seguro que todos recordamos aquel famoso mensaje del lector José Fernando Blanco Sánchez en las cartas al director de ABC, en el que comentaba:
Acabo de ver en la televisión estatal a Lucía Echevarría diciendo que ,”murciélago” es la única palabra en el idioma español que contenía las cinco vocales.
Mi estimada señora, piense un poco y controle su “euforia“. Un “arquitecto“, “escuálido“, llamado “Aurelio ” o “Eulalio“, dice que lo más “auténtico” es tener un “abuelito” que lleve un traje “reticulado” y siga el “arquetipo” de aquel viejo “reumático” y “repudiado“, que “consiguiera” en su tiempo, ser “esquilado” por un “comunicante“, que cometía “adulterio” con una “encubridora” cerca del “estanquillo“, sin usar “estimulador“.
Señora escritora, si el “peliagudo” “enunciado” de la “ecuación” la deja “irresoluta“, olvide su “menstruación” y piense de modo “jerárquico“. No se atragante con esta “perturbación“, que no va con su “milonguera” y “meticulosa” “educación“. Y repita conmigo, como diría Cantinflas: ¡Lo que es la falta de ignorancia!
Por tanto, la riqueza del castellano es tal que existen bastantes palabras con las cinco vocales. ¿Pero hay alguna que las tenga por partida doble? La respuesta es afirmativa y si no, que se lo pregunten al único vocablo que puede presumir de ello: guineoecuatorial.
Luego están aquellos que portan cuatro consonantes seguidas, como transplantar, substraer, abstraer o abstracto o aquellos otros, que no sin gracia, son capaces de tener la "í" repetida cinco veces, como dificilísimo o disciplinadísimo.
Terminamos con ese término con nombre de animal, palíndromo, que no es más que una palabra, número o frase que se lee igual hacia adelante que hacia atrás. (en caso de ser un número, se llama capicúa). Entre lo más palíndromos más largos encontramos sonsáñasnos (11), somarramos (10) o reconocer (9). Si con tanta letra te ha entrado miedo a pronunciar las palabras, quizá tengas un principio de hipopotomonstrosesquipedaliofobia.
sábado, 30 de octubre de 2010
EL IDIOMA ESPAÑOL DEL FUTURO
En muchas maravillosas charlas de chat con un grupo que adoro, "Gente Junta", hemos disfrutado de la inmensa riqueza de nuestro idioma, el español, como decimos aquí, o el castellano, como lo llaman principalmente en España, donde conviven otras lenguas.
Aquí, en el Continente Americano, el español también convive con otras lenguas: fundamentalmente el inglés y el tan famoso spanglish en América del Norte, y desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego, con diferentes lenguas indígenas. Esta amalgama, como todas, ha dotado al español de una diversidad y riqueza que muy pocos idiomas pueden darse el lujo de ostentar.
Así, en el chat aprendimos términos de Venezuela (y de Maracaibo, señoras y señores, que es otra historia) gracias a Mercedes, de Escuador y China a la vez, junto a Josefina, de Guaraní y usanzas de Paraguay con Liz, por supuesto del más castizo español junto a Tita, Sol, Meiga, los exquisitos mexicanismos de Lexy y Guada... Y el grupo de Argentina marcaba las diferencias de las mismas palabras de región en región. Muchas risas por las confusiones, mucha curiosidad, y una única y maravillosa certeza: Hablamos el mismo idioma.
Así, en el chat aprendimos términos de Venezuela (y de Maracaibo, señoras y señores, que es otra historia) gracias a Mercedes, de Escuador y China a la vez, junto a Josefina, de Guaraní y usanzas de Paraguay con Liz, por supuesto del más castizo español junto a Tita, Sol, Meiga, los exquisitos mexicanismos de Lexy y Guada... Y el grupo de Argentina marcaba las diferencias de las mismas palabras de región en región. Muchas risas por las confusiones, mucha curiosidad, y una única y maravillosa certeza: Hablamos el mismo idioma.
Documentar todo esto es una tarea titánica que la Real Academia se ha propuesto, y que le sorprende día a día.
Comparto con ustedes este artículo de El País de ayer, que me ha gustado mucho.
'Guacheando' el español del futuro
El ambicioso 'Diccionario de americanismos' es un viaje a la rica diversidad del idioma - La obra reconoce por primera vez la pujanza de la lengua en EE UU
(Por Javier Rodríguez Marcos para El País.- Madrid - 29/10/2010)
Las palabras no pagan aranceles. Cuando se implantó el euro en 2002, una de las operaciones recurrentes a la hora de ilustrar los beneficios de la nueva moneda era imaginar un viaje por la Unión Europea con un billete de 1.000 pesetas (de las de entonces, unos seis euros ahora) y comprobar lo pronto que se reducía a cero por el mero hecho de cambiar la divisa española por la correspondiente de cada país, sin llegar siquiera a comprar nada. Además de salir gratis, la mayoría de las palabras del español podrían recorrer buena parte de los 19 millones de kilómetros cuadrados -la cifra la dio García Márquez en un discurso pero parece salida de una de sus novelas- en los que se usa como lengua materna sin devaluar sensiblemente su significado.
Los alrededor de 450 millones de hispanohablantes comparten el 80% del vocabulario. El resto se arregla con el contexto, por eso cuando en España se lee que "Néstor Kirchner irá a una bóveda familiar en Río Gallegos" se entiende que los restos del ex presidente argentino serán trasladados al panteón de sus ancestros.
Por si falla el contexto ahí está el nuevo Diccionario de americanismos (Santillana) que, coordinado por el académico puertorriqueño de origen cubano Humberto López Morales, la asociación que reúne a las 22 academias de la lengua acaba de presentar en Madrid dentro de un largo periplo iniciado al otro lado del Atlántico.
Si todo diccionario es a la vez un mapa y un territorio, este -con 70.000 voces, frases y locuciones, 120.000 acepciones, 2.333 páginas y 2,7 kilos de peso- es el fruto de ocho años de trabajo y dos siglos de buenas intenciones, los que se cumplen ahora de la emancipación de las repúblicas americanas. Contra el tópico de la lengua aliada del imperio, el gran momento de expansión del español en el nuevo mundo fue la independencia y no la conquista. Hasta entonces, aunque la espada acompañara a la cruz, había primado el mandato bíblico de Pentecostés: predicar a cada uno en su lengua.
¿Y cómo se arreglan las cosas con el díscolo y polifónico 20% del idioma cuando no hay contexto ni diccionario? A veces, sonrojándose. Es lo que les ocurrió a algunos de los académicos españoles que, en 1976 y encabezados por Dámaso Alonso, entonces director de la RAE, acudieron a un coloquio en Santiago de Chile. Se acercaba el 12 de octubre y los lingüistas se encontraron la ciudad empapelada con una frase: "La polla se viste de mantón de Manila". Si a eso se suma la combinación del primer sustantivo (lotería) con el verbo sacarse (ganar) se entenderá la sorpresa de los europeos y la sonrisa con la que recuerda ahora aquel episodio Alfredo Matus, por entonces un joven filólogo y hoy director de la Academia Chilena.
A Matus se le debe el lema -"América en la lengua española"- del Congreso de la Lengua de Valparaíso, frustrado por el terremoto (o remezón) de febrero pasado, por eso le gusta repetir que "unidad no es uniformidad" y que los malentendidos que causa la "policromía" del idioma son siempre, además de humorísticos, menores: pena es vergüenza en Colombia y México, madera es insensible en casi todo el Cono Sur, playa es aparcamiento en cinco países y mañoso en otros tantos significa caprichoso. La comunicación está garantizada por más que, el viaje es de ida y vuelta, la inocente manía de los españoles de cogerlo todo -ya sea un autobús, la gripe o el toro por los cuernos- sorprenda a muchos hablantes de la otra orilla, para los que ese verbo significa, vulgarmente, fornicar.
Antes que tomate, patata, chocolate o guateque, la primera palabra de origen americano que se instaló en el español fue canoa. Y se instaló de tal forma que el Diccionario de americanismos recoge hasta 14 acepciones pero prescinde de la más común. Por otro lado, si España es un curioso americanismo (en la locución cubana España en llamas, una mezcla de hielo, sidra y ron), la América no lo es. Lo más cercano es pagar a la americana (a escote) y, en Nicaragua, el inefable American dream.
Por primera vez entre las publicaciones de su género, el nuevo diccionario reconoce "la dignidad" del español de Estados Unidos. Lo dice José Moreno de Alba, director de la Academia Mexicana, para el que "el spanglish no existe, lo que existe es una variedad de la lengua española que merece todo el respeto". Sin embargo, Gerardo Piña-Rosales, director de la norteamericana (que no estadounidense), matiza a su colega: "El spanglish existe, pero se reduce a medida que crece la clase media entre los hispanos". Lo que da la razón al aviso de Antonio Muñoz Molina, novelista, académico y ex director del Instituto Cervantes de Nueva York: "El enemigo del español no es el inglés sino la pobreza".
Estados Unidos es el segundo país del mundo por el número de hablantes de español (45 millones por los 104 de México) y Humberto López Morales calcula que en 2050 será el primero. Aunque Piña-Rosales sostiene que "lo bueno no es que nos cuenten sino que contemos", ahí están la demografía, la economía -la lengua española mueve ya más dinero en EE UU que en España, donde se calcula que supone el 15% del PIB- y la política -tanto Obama como Clinton contaron con una versión hispana de sus respectivas webs como candidatos-. Y ahí están también términos como rufear (construir un tejado, de to roof), troque (camión, de truck) o, extendido a Puerto Rico y Costa Rica, guachear (observar, de to watch).
Dentro de tres años la RAE cumplirá tres siglos. Para entonces la nueva edición de su diccionario de uso general, la más panhispánica de la historia, se habrá limpiado de localismos españoles, muchos incluidos por la querencia regional de algunos académicos del pasado, como reconoce Víctor García de la Concha, director de la institución. Su sitio lo ocupará parte del enorme caudal de términos americanos. Lejos quedan ya los exóticos tiempos, 1955, en los que un futuro académico y premio Nobel, Camilo José Cela, publicó una artificiosa novela venezolana titulada La catira, traducido al castellano de Padrón: la rubia.
Aquí, algunas variantes de nuestra riquísima lengua:- Amigo íntimo: acere, bróder, carnal, cónsul, cuate, parcero.
- Boca: bemba, buceta, mascadero, pocillo.
- Desorden: balalú, milonga, quilombo, vicio.
- Dinero: aceite, candela, coima, plata, ventolín, wahinsgtones.
- Morir: aboyarse, crepar, ñampiarse, pelarla, rosquedar.
- Niño: agregado, cabro, chamaco, guagua, ishto, zambito.
- Observar: barruntar, bichar, cubicar, guachear, pispar.
- Pene: chaira, la sin hueso, magazín, pomo, pico, yuca.
- Tacaño: acamalador, poquitero, rocapeña.
- Tonto: abismado, boludo, comebasura, menso, zonzo.
- Trabajo: amarre, bosta, laburo, partai, pega, tollo.
- Vulva: araña, bemba, chapa, musaraña, pan, tatú
viernes, 24 de septiembre de 2010
MEDIO PAN Y UN LIBRO...
Hoy recibí este texto, bellísimo como pocos. No quiero agregarle palabras, porque todo lo ha dicho don Federico. Y lo ha dicho maravillosamente.
(Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931)
"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz."
(Gracias por enviármelo, Agustín!)
jueves, 12 de agosto de 2010
La cantidad de libros en el mundo
(Por Ariel Palazzesi para NeoTeo)
¿En alguna ocasión te has preguntado cuántos libros existen en el mundo? Esta pregunta, cuya respuesta para muchos no es más que una simple curiosidad, es muy importante para Google, compañía que se encuentra embarcada en un ambicioso proyecto que consiste en digitalizar todas las obras literarias que alguna vez se hayan editado. Los responsables de Google Books han analizado el problema exhaustivamente, y han llegado a un número concreto. ¿Sabes cual es la cantidad de libros en el mundo?
Los chicos de Google saben como hacer para no aburrirse. Uno de los últimos “pasatiempos” que han encontrado consiste en determinar cual es el número de libros que se han editado y de los que se puede hallar una copia capaz de ser digitalizada e incorporada a su proyecto Google Books. Puede que en principio parezca una tarea relativamente sencilla, y cualquiera de nosotros podría pensar que con recorrer el catálogo de la Biblioteca del Congreso de los EEUU o analizar la base de datos que contiene los ISBN (International Standard Book Number, o Número de libro estándar internacional) tendría una idea bastante aproximada del número en cuestión. Pero no es tan fácil.
Existen unos 129.864.880 de libros diferentes.
En primer lugar, el número ISBN -que parecería el mejor candidato a contener todo lo editado- solo se ha utilizado desde 1960 o 1970, y ni siquiera se emplea en todo el mundo. Las obras editadas con anterioridad no poseen ese número, y hay muchas otras cosas (CDs, revistas, etc.) que poseen también un ISBN, por lo que no puede utilizarse para determinar la cantidad de libros editados. Los catálogos de las bibliotecas tampoco son la solución. Dejando de lado que incluso las bibliotecas más completas del mundo no tienen más que un pequeño porcentaje de los libros que existen, en muchos casos un mismo libro aparece listado más de una vez. Esto ocurre por que muchos bibliotecarios asignan números diferentes a un mismo libro según haya sido editado con tapa dura o se trate de una edición de bolsillo. Google, gracias a la tecnología disponible en su buscador, ha analizado miles de listados de libros provenientes de bibliotecas, librerías, museos, editoriales y todo lo que te puedas imaginar, para -luego de eliminar todos los registros duplicados- llegar a una cifra aproximada: existen unos 129.864.880 de libros diferentes. O al menos, existían hasta hace una semana, momento en que se publicó ese valor.
Se trata de un número impresionante, que incluye libros que se han impreso por millones y tesis doctorales de las que solo hay un par de ejemplares en la biblioteca de alguna universidad. Si tenias la esperanza de leer una parte importante de los libros editados, este número debe haber hecho añicos tu sueño: si fueses capaz de leer un libro por minuto, durante las 24 horas del día los 365 días del año, necesitarías casi 250 años para terminar de leer todo eso. Y para colmo de males (o afortunadamente) cada día se editan cientos de libros nuevos, por lo que quejas del tipo “no encuentro nada interesante para leer” no tienen en realidad ningún sentido. ¿no te parece?
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